Foscarinis, Marsets y viceversa

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Dos marcas europeas han conseguido que sus lámparas no se conformen con combatir la oscuridad. El equipo de Code Studio lleva años utilizándolas, y ahora quiere saber qué historia tienen detrás

 

Alumbrar e iluminar. A simple vista, puede que la diferencia entre estos dos conceptos solo sea una cuestión de matices. Tal vez gramatical. Pero a la hora de la práctica, la firma italiana Foscarini ha sabido evidenciar una realidad: que entre pulsar el interruptor, colocar lámparas solo porque su diseño encaje con el interiorismo y generar ambientes a base de redireccionar la luz, no hay comparaciones que valgan. Y los fundadores de este imperio que se forjó en 1981 en la isla de Murano, Venecia, quieren seguir recordándoselo al mundo. En realidad, porque es una idea que pertenece a su idiosincrasia y que llevan perfeccionándola desde los modelos más incipientes. Con una fórmula, además, basada en la tradición local: experimentando con el típico vidrio de su provincia italiana, añadiéndole versiones mucho más sostenibles y conjugándolas con materiales tecnológicos. En resumen, mirando al futuro con el clasicismo a cuestas.

 

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Allegro de Atelier Oï, 2009.

 

Aunque la visión nacional va más allá. Foscarini tampoco ha dejado de invitar a diseñadores internacionales para que planteen su visión personal de la firma. Como lo hizo la asturiana Patricia Urquiola en 2005 con la lámpara Caboche. O como el estudio suizo Atelier Oï, que compuso el modelo Allegro, en más de cinco versiones, ciñéndose a la geometría nórdica con hilos de cobre. Recreando, eso sí, las formas orgánicas de la naturaleza, del mismo modo que el diseño italiano las ha imitado desde la década de los años 30: partiendo del principio de la abstracción. Algo parecido sugiere la lámpara Tress de Marc Sadler, con cintas entramadas que a algunos les recordará a la red que formarían unas cañas de bambú, y que permiten filtrar la luz entre los huecos de la pantalla. El modelo parece frágil. Pero que no engañen las apariencias: el diseñador austriaco-francés saltó a la fama en la década de los 70 haciendo zapatos de esquí termoplásticos. Y con un currículum así, la resistencia siempre estará a salvo. Casi tanto como la sobriedad de la colección Aplomb de Lucidi Pevere. El estudio italiano estructuró cuatro lámparas de cemento y aluminio, con cinco tonalidades suaves diferentes, “que proyectan un haz de luz de arriba hacia abajo”, explican en Foscarini.

 

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Tress de Marc Sadler, 2009. Hotel Igeretxe, Getxo (País Vasco).

 

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Aplomb de Lucidi Pevere, 2010.

 

Al otro lado del Mediterráneo, el compromiso por hacer de la iluminación algo más que un eslabón estético o funcional también salta a la vista. El del fabricante catalán Marset es un compromiso literal por el buen diseño. “Entendiéndolo como la ejecución impecable de cada proyecto”, apunta en su carta de presentación. A la firma la avalan más de 160 proyectos repartidos por el mundo y 16 diseñadores internacionales. El punto de inflexión, en cambio, le vino en 2015 desde España, con una murciana que ya había conseguido varios hits en Ikea. Para Inma Bermúdez, que todavía sigue colaborando con el gigante sueco mientras trabaja en la plantilla de Lladró, no era suficiente con que los led hubieran tomado el relevo generacional a las bombillas de antaño. Hacía falta un último empujón.

 

Y su idea final no pudo ser más ergonómica: Bermúdez tenía en mente diseñar una lámpara que funcionara sin electricidad ni cables de por medio, y que pudiera transportarse, gracias a una asa de madera, igual que las velas y las linternas. “Si somos capaces de cambiar de sitio el teléfono, el ordenador o las sillas, ¿no nos acostumbraremos a movernos por casa lámpara en mano?”, se preguntaba la periodista Anatxu Zabalbeascoa hace un año en El País. El modelo FollowMe de Marset, sobre todo, fue una revolución conceptual en su año, y todavía lo será durante mucho tiempo. Pero hay más detalles. La lámpara original y su hermana mayor, la FollowMe Plus, también están pensadas para que se pueda regular la intensidad de la luz y la velocidad del consumo. Lo que definiría, básicamente, cómo debe ser la ecuación universal del diseño. Porque no hay forma que valga sin un buen contenido en su interior, y mucho menos sin una plena conciencia del planeta para el que está pensado.

 

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FollowMe de Inma Bermúdez, 2014.