El pantone de India Mahdavi

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Se pueden idear interiorismos fuera de lo común. O también se puede dar una vuelta radical al concepto de espacio y montar un imperio que no asuste al entrar

 

Dice India Mahdavi (Teherán, 1962) que ella solo forma parte de la industria del entretenimiento. Nada más. Lo cual no deja de ser una declaración de intenciones, y a estas alturas, un planteamiento sincero. Que la interiorista reconozca que lo único que quiere con sus diseños es hacer feliz a la gente, le ayuda a restarle seriedad al asunto. O a darle su justa importancia. Porque resumir así un trabajo que ha alcanzado una escala planetaria, y que siempre está en boca de críticos y adeptos, es cuanto menos liberador. También es una fórmula sencilla para explicar lo mucho que le ha influenciado su infancia en Massachusetts. “Mis ideas vienen de lo que viví allí, de los dibujos animados que veía en Technicolor cada mañana. De Walt Disney, Mary Poppins, The Party y la versión de 1967 de El Libro de la Selva”, reconoció en una entrevista para The New Yorker a principios de este año. “De hecho, el color de mi infancia es el del batido de fresas que me tomaba mientras veía la tele”.

 

Si hay algo que a Mahdavi le obsesiona, precisamente es esa sinestesia de los colores. Y no les concede privilegios: “No soy racista; me encantan todos. Me gusta juntar tonalidades que a simple vista no encajan, mezclarlos porque sí y ponerlos en peligro. Que se insulten, que debatan, como si fueran los invitados en mitad de la cena de una fiesta”. Hay muy pocos proyectos, en realidad, en los que la iraní ha estructurado un espacio solo a partir de un color. El primero con el que se atrevió fue el restaurante Sketch, en Mayfair, Londres, y al poco tiempo de inaugurarse se colocó en el puesto número uno de los locales más instagrameados del mundo. Pero su categoría de icono, por suerte, va más allá: todavía sigue en pie el debate por definir el rosa con el que India Mahdavi, quizá pensando en resucitar sus batidos de antaño, tiñó la sala principal. Hasta la fecha, lo han etiquetado de rosa chicle, empolvado o infantil, e incluso un anónimo, a altas horas de la noche, se atrevió a compararlo con la sensación de emborracharse dentro de una vagina. Afortunada o no la comparación, su autora prefiere zanjar el tema pensando en que aquel rosa “es casi como la esencia del rosa”. Y punto.

 

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India Mahdavi reprodujo el mismo rosa del restaurante Sketch en la flagship store de la firma italiana Valentino. La tienda, de 170 metros cuadrados, se ubica en la Sloane Street de Londres.

 

“A día de hoy pasamos muchísimo tiempo lidiando con los típicos colores fríos del móvil y el ordenador. Y en el fondo, lo que yo y todos buscamos es un cierto confort visual”, explicaba. Ahí está el éxito del fenómeno Mahdavi. Todos los colores que ha utilizado en los últimos años, en hoteles, casas particulares y boutiques, luego han sido traducidos en Internet a tonalidades mucho más flúor. Basta con visitar la interfaz de Netflix o los diseños de muchas páginas web pioneras, para constatar que el siglo XXI pide a gritos un toque más amable en un escenario, físico y virtual, cada vez más agresivo. “El color es la mejor manera de aportar luz”, apuntaba la interiorista en la edición estadounidense de AD, en 2016. “Después de décadas de blanco y beige, los europeos por fin están aplicando color en sus salones. Y creo que Norte América, probablemente, también está preparada”.

 

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Muy pocos aeropuertos pueden presumir de tener restaurantes genuinos. El de París, con el local Charles de Gaulle, sabe cómo relajar a sus pasajeros después del control de seguridad: invitándoles a sentarse en las butacas de la interiorista iraní.

 

India Mahdavi puede relacionar todos estos comportamientos sociales, en parte, porque los ha vivido. Estudió arquitectura en París, diseño industrial en la Cooper Union de Nueva York, diseño gráfico en la Escuela Parsons de Manhattan, y una vez allí se especializó en mobiliario. Desde 1999, su base está en la rue Las Cases de la capital francesa, a pocos metros del Museo de Orsay: en la misma acera tiene el estudio, sus dos showrooms y una tienda en la que vende, justamente, lo que una casa necesita para no parecer la misma después de reformarse. Entre sus clientes, el diseñador Alber Elbaz (hasta 2015, director creativo de Lanvin) y la coleccionista de arte Maja Hoffmann se declaran fans incondicionales. Los dos siguen obsesionados con una obra que permanece intacta, casi desde el primer día que despuntó. Y sin grandes excesos: resguardándose en el figurativismo, la diversión y materiales como el nogal, la cerámica, el mimbre y el metal perforado. Ahora solo queda que la iraní cumpla con otro propósito: “No me asusta el tamaño. Quiero hacer proyectos a gran escala”. Que no los haya puesto en marcha todavía, solo es por falta de tiempo.

 

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El Sloane Apartment de la firma de zapatos TOD’s, en Londres, imita la estructura de un piso convencional. India Mahdavi diseñó cada habitación para que conectara con una generación distinta, y recordase, además, que la herencia clásica de esta marca sigue en movimiento.