Como en los diseños de Kengo Kuma, en ningún sitio

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La arquitectura de este japonés se conforma con encajar en el entorno, sin tener que modificarlo. El equipo de Code Studio lleva varios días revisando sus obras. ¿La conclusión? Que la sencillez no significa pasar desapercibido

 

Hablar de Japón, sin duda, supone mencionar su expansión gastronómica, la internacionalización del kimono y la fiebre desmedida por cualquier novedad tecnológica en forma de gadget. Pero en las antípodas de este paisaje contemporáneo hay otros matices. Los que defiende, por ejemplo, Kengo Kuma (Yokohama, 1954) dicen tanto o más de un país que quiere ser global, y que no tiene muy claro la estrategia a seguir. Para el arquitecto, que dirige un equipo de más de 180 personas entre Tokio y París, la clave está en darle una vuelta a lo que siempre ha funcionado, sin trastocar demasiado su esencia. Es decir, si Japón ha sido una plataforma pionera en diseñar espacios aprovechando las propiedades de la madera, ¿por qué no seguir creciendo en la misma línea?

 

Las últimas obras del japonés, repartidas por todo el país, servirían como un ejemplo que ha cosechado los éxitos de esta idea. “Siempre he querido recuperar la tradición arquitectónica nacional, pero no la de los grandes monumentos heroicos, sino de los edificios más simples y ligeros”, explicaba en una entrevista para Designboom. Kuma ha conseguido la ligereza, precisamente, con proyectos que redireccionan la luz, de manera natural, a través de los materiales. Ahí está su secreto: que un elemento como la piedra, poco amable y funcional a primera vista, adquiera la sencillez del vidrio o de la madera. Invirtiendo, claro, en las nuevas opciones que ofrece la tecnología.

 

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El centro cultural y de información turística del barrio Asakusa, en el centro de Tokio (a la izquierda), plantea una estructura de siete bloques, en apariencia, desequilibrados. A la derecha, la tienda SunnyHills juega a lo figurativo.

 

Aunque no solo eso. Al arquitecto también le ayudó el declive de la economía japonesa en 1990, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. “Dejé de trabajar en Tokio y empecé a centrarme en las posibilidades del campo. Colaborar con los artesanos locales, con los carpinteros, me sirvió para entender una idea: antes de ponerse a planificar, hay que saber muchísima información del lugar en el que vas a construir”. Desde aquella experiencia, el arquitecto defiende un diseño de relaciones, contextual, “que respete el entorno en lugar de dominarlo”. Y así lo establece su modus operandi: siempre que trabaja, sobre todo, en pueblos y ciudades pequeñas de China, Japón o Corea, con una fuerte idiosincrasia, el equipo de Kengo Kuma analiza su historia para que el edificio tenga una conexión con ella. Porque la arquitectura pierde su utilidad cuando pretende, a toda costa, imponer una forma de vivir y relacionarse.

 

Otro de los factores a tener en cuenta, para el estudio del japonés, es la anatomía. La de los interiorismos, sí, y también la de las prendas que históricamente han construido sociedades. Más allá del tradicional kimono, al arquitecto le gusta conectar el proceso de edificación con el de la costura de un uniforme. Desde aquellos pantalones anchos, voluminosos, que permitían a las mujeres asiáticas trabajar con total flexibilidad antes de la Segunda Guerra Mundial, hasta las corbatas que estructuran y restringen el cuerpo masculino hoy en día. “Alguien dijo que la corbata acorta la vida del hombre unos 10 años. Por eso el promedio de vida de las mujeres es mucho más alto”, comentaba riéndose. Y haciendo hincapié en la analogía.

 

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En la cima de la Shaw Tower (Vancouver), Kengo Kuma reprodujo en 2016 la típica casa japonesa en la que se celebraba la ceremonia del té. Antes, obviamente, de que YouTube aterrizara en todos los rincones del país.

 

La moda no es la única conexión que Kengo Kuma establece en su arquitectura. Él también quiere diseñar espacios fundiendo el interior con el exterior, el ámbito público con el privado, una habitación con otra sala. Como la tienda SunnyHills, en el centro de Tokio, que era una referencia en la ciudad por sus pasteles de piña, hasta que su fachada se transformó en una gigante cesta de bambú. A partir de entonces, la historia ha sumado millones de búsquedas en Internet. Tanto a nivel asiático como planetario. Igual que la casa Lotus House, en las montañas al este de Japón, que atraviesa un río de nenúfares, incorporándolo al interiorismo, pero sin apropiarse del escenario natural.

 

“En el siglo XX, el paisaje y la arquitectura eran dos campos opuestos”, afirmaba, “y yo trato de combinarlos. Lo hago utilizando materiales locales, indígenas, que mejoren la conversación con el entorno”. ¿Un ejemplo? La madera que se empleaba en Japón antes de que llegase la tecnología de Europa y Estados Unidos. Una madera ligera y fácilmente reemplazable. Ese es el logro de Kuma. Según él, una obra, pronto o tarde, se verá obligada a envejecer. Y cuando llegue el momento, debe estar preparada para que un cirujano la opere. Dicho en otras palabras: el mejor edificio es aquel que no se resiste a una reforma. Porque sabe que, por mucho que se renueve, en el fondo seguirá siendo el mismo de siempre.

 

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El jardín japonés de Portland (a la izquierda) quiere seguir siendo natural en su interior. Lo consigue utilizando la misma geometría que el Museo y Centro de Investigación GC en Prostho, Japón (a la derecha).