Mobiliario para reflexionar

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De las preguntas que surgen cuando un mueble se sale de lo convencional, la primera siempre aspira a encontrar una definición. Ahora bien, ¿hay posibilidad de evitar la misma rutina? El equipo de Code Studio quiere intentarlo

 

Para la comisaria de arquitectura del MoMA, Paola Antonelli, que un objeto alcance la etiqueta de arte o diseño funcional es una decisión que debe tomar el autor. Para otros, el público tiene la obligación de buscar la respuesta: es a ellos a quienes les toca categorizar como mobiliario o elemento artístico todo lo que les rodea. Pero hay una duda en el aire: ¿siempre es fácil establecer clasificaciones? ¿Cómo se llega a un acuerdo en aquellos ejemplos en los que el límite entre lo práctico y la reflexión teórica es, precisamente, lo que los define? El tema, sin embargo, también se puede plantear desde la perspectiva contraria. Es decir, si una pieza se mueve en la ambigüedad, ¿por qué no disfrutar de ella en vez de resolverla?

 

Así lo hizo Le Corbusier en 1928 cuando acabó el sillón LC4. Y el resto del mundo cuando se presentó al año siguiente en el Salón de Otoño de París. Aquel chaise lounge, en cuero negro o con piel de potro, estaba pensado para descansar. “Es la máquina del reposo”, concretó el arquitecto suizo, sin pretensiones, haciendo referencia a los avances tecnológicos e industriales de la época, pero también a su concepción antropológica del diseño: todo debe girar alrededor del hombre. Y en un momento en que el capitalismo se aproximaba a la ferocidad de ahora, lo más importante al llegar a casa, después de una larga jornada en la fábrica, era concederle al cuerpo varias horas de relax.

 

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El modelo LC4 no es solo obra de Le Corbusier: a conceptualizarla le ayudó su primo, el arquitecto y diseñador Pierre Jeanneret, y la francesa Charlotte Perriand. Y también la firma italiana Cassina, que en 1965 convirtió el sillón en un emblema mundial.

 

Pero no un relax cualquiera. Sino uno que viniera acompañado de pureza geométrica y posiciones ajustables. Y el tiempo le ha dado la razón: con las consecuencias del capitalismo, el sillón LC4 también se ha erigido como una pieza clave en las consultas de los psicólogos. En gran parte, porque favorece la calma casi tanto como los asientos de un coche. Se trata de una disposición física: el estado de paz es más propicio cuando el piloto y el copiloto, absortos en los vaivenes de la carretera, se hablan sin mirarse a la cara. Y lo mismo ocurre con el modelo de Le Corbusier. Al sentarse en su posición original, el paciente se ve obligado a mirar a un punto cualquiera del techo o de las paredes. Y al tener el cuerpo suspendido, la sensación de entrega personal al ejercicio del reposo aumenta de forma considerable. Sin duda, un diseño que podría encajar en cualquier interiorismo. Pero también en las performances de Marina Abramovic, si la artista serbia se propusiera reflexionar sobre la modernidad.

 

Al que no le gusta cavar tan profundo es al alemán Ingo Maurer. Con las lámparas que dibuja, produce (de manera semiartesanal), empaqueta y distribuye, lo único que le apetece hacer es un homenaje a la luz. “Y aunque yo me encargue de todo este proceso con la ayuda de 60 personas, no soy un dictador”, ha reconocido en varios medios. A lo que se refiere es que sus obras se articulan para que el público interactúe y las acabe. Como la Zettel’z 5 que Maurer diseñó en 1997. De las 80 hojas de papel japonés que la cubren, 31 llevan poemas impresos en diferentes idiomas y 19 están en blanco. Precisamente para que sus propietarios puedan escribir o dibujar, y que el resultado, además de iluminar, se parezca a las hojas de un árbol histórico. Muy en línea con la concepción filosófica que Japón tiene de la naturaleza.

 

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A la izquierda y derecha, respectivamente, las lámparas Zettel’z 5 y Porca Miseria! de Ingo Maurer. «Muchos creen que mi intención, cuando diseño, es provocar a los demás. Pero solo es una consecuencia. Una reacción ajena a mí».

 

De las lámparas más icónicas de Maurer, por cierto, el MoMA de Nueva York también ha coleccionado varias. Y Porca Miseria! está entre sus favoritas. Primero, porque el hecho de estructurarla a partir de una vajilla de platos rotos tiene mucho que ver con la descontextualización de los objetos cotidianos de Marcel Duchamp. Y, segundo, porque este modelo, en su proceso, ya es de por sí un espectáculo artesanal: para fabricarla hacen falta cuatro personas que se encarguen de romper los platos. Con martillos o tirándolos al suelo. Igual que en el acto ancestral del cochinillo de Segovia. Cada año, como curiosidad, solo salen a la venta diez unidades de esta lámpara. Lo que significa que, si los cálculos no fallan, el ritual de Porca Miseria! (en español, ¡Por el amor de Dios!) se ha repetido hasta en 240 ocasiones. A la vista está: Maurer no pudo escoger un título mejor.

 

Lo que también parece evidente es que la simplicidad no siempre es sinónimo de sencillo. La idea la captó el danés Verner Panton cuando esbozó una silla de plástico satinado, de una sola pieza, en forma de ‘s’. A finales de los 50. Casi diez años antes de que la firma suiza Vitra, en 1967, fuera la primera en atreverse a fabricarla. Hoy, en cambio, nadie tardaría tanto tiempo en pensárselo. Sobre todo teniendo en cuenta que el éxito que ha cosechado la Panton Chair Classic, en realidad, no es por su estética amable y colorida, sino porque sigue siendo de las pocas sillas que ha sabido generar un debate sobre el acto tradicional de sentarse. ¿Hacen falta cuatro soportes para que una silla cumpla su función? La respuesta es que no. Y ahí está la clave de un buen diseño: al margen de la practicidad, debe aspirar a plantear preguntas inteligentes. Y luego, si quiere, ya puede jugar a ser escultórico. O digno de entrar en un museo.

 

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Los volúmenes de la Panton Chair Classic impiden negar un detalle: que su forma, en cualquier momento, parece que vaya a cobrar vida.