Las sillas de Charlotte Perriand

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Con sus muebles, la diseñadora francesa encontró un altavoz para defender una versión más humanista del interiorismo. Lo demuestran tres míticas obras a continuación

 

Pocas cosas hay que no se hayan comentado ya sobre Charlotte Perriand (París, 1903-1999). Por suerte, casi todo lo suyo está escrito en las páginas de una historia, la del diseño de interiores de la primera mitad del siglo XX, que tampoco supo esquivar el descrédito a la mujer. Aunque de puertas hacia afuera abanderase el modernismo en las vanguardias europeas. Ni siquiera Le Corbusier fue capaz de escuchar a la diseñadora cuando llamó a la puerta de su estudio en 1927. Hizo falta que expusiera en el Salon d’Automne de París el mismo año, y que la crítica alabase su reformulación de un bar convencional, para que el arquitecto la invitase a trabajar en sus proyectos.

 

Que allí duró diez años y colaboró estructurando el famoso chaise lounge LC4, también es un dato de sobra conocido. Igual que su investigación con Jean Prouvé para prefabricar viviendas modulares. O el hecho de que se mudara dos años a Japón, en 1940, y pasara a ser la asesora artística del Ministerio de Comercio e Industria. Diseñando, en sus ratos libres, el 522 Tokyo Chaise Longue: una evolución del asiento más icónico que hizo con Le Corbusier y Pierre Jeanneret, que llevaba impreso un balance evidente entre la cultura japonesa y europea. Básicamente, porque el respaldo venía con 12 listones de madera curvados, en teca o bambú, muy en la línea de las técnicas locales que Perriand aprendió en el país nipón.

 

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A la vista está: el 522 Tokyo Chaise Longue encaja tanto en interiores como en mitad de una selva. Por ejemplo.

 

El modelo 522, desde el año 2011, lo fabrica la firma italiana Cassina, que también produce otro de los bebés de la diseñadora con referencias a Japón. La silla 517 Ombra Tokyo tomaba el relevo pensando en las marionetas del teatro tradicional. Es decir, en la ligereza y su formato de una única pieza, prensada y troquelada, hecha de roble natural. Y con el factor añadido de que era una obra plegable: el tributo perfecto al arte del origami. “Como una auténtica hoja de papel, va adquiriendo forma con cada pliegue”, detalla Cassina en su página web, explicando además el contexto de la silla: Perriand la presentó por primera vez en la exposición Synthèse des arts, de 1954, en el mismo París.

 

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Si ya de por sí el modelo 517 Ombra Tokyo funciona a base de pliegues, la marca Cassina ha montado un bodegón para demostrar que, entre compañeros, el juego del origami todavía es más interesante.

 

En Francia también vivió otro de sus puntos de inflexión. Concretamente, en los Alpes, después de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que España impulsaba al máximo el turismo de sol y playa en Benidorm y Torremolinos, el Gobierno galo pensó en democratizar el esquí. Y la solución pasaba por construir tres pistas y un complejo invernal para 18.000 personas. El resort de Les Arcs, con tres edificios en diferentes alturas, lo proyectó Perriand aplicando todo lo que había aprendido en sus investigaciones: arquitectura prefabricada, células mínimas y, dentro de ellas, unidades de cocina en serie, muy coloridas, con baños modulares y muebles que han pasado a ser leyenda.

 

Que se lo digan si no a la famosa silla Les Arcs. Con un asiento de cuero y un marco tubular de metal cromado, su idea no era ofrecer una siesta después de caer rodando por una pista roja, sino animar a las familias a pasar el mayor tiempo fuera de la habitación. Y que cuando volvieran al apartamento por la noche, se sintieran como en una auténtica cabaña de montaña. Muchos dicen que Charlotte Perriand intentó humanizar el espacio que Le Corbusier llamaba “la máquina de vivir”. Al menos ahora se sabe que la francesa sí lo consiguió en los Alpes.

 

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Aunque Charlotte Perriand nunca lo aprobaría, ¿quién prefiere esquiar pudiendo leer un libro sentado en la silla Les Arcs?